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sábado, 1 de enero de 2011

EL MONO EPIGRAMÁTICO


Una de las obras más completas e ingeniosas de Octavio Paz, es su poema en prosa El Mono Gramático. En un ambicioso experimento del lenguaje, Paz propone, explora, reflexiona, por decirlo a la manera del poeta Enrique González Martínez: "le tuerce el cuello al cisne", yuxtapone ideas y deslumbra con las palabras, herramienta y destino del propio texto.

De ahí me he apropiado el nombre de este blog, en el que intento reunir los epigramas de mi autoría así como ocuparme de algunos aspectos de relacionados con este subgénero poético al que, tal vez por su limitada extensión, se le acostumbra a clasificar bajo la etiqueta de menor.

Si bien los orígenes del epigrama se remontan a la lírica arcaica, fueron los griegos quienes realmente lo cultivaron. Se le define como una composición poética breve que expresa un solo pensamiento de manera festiva y en forma ingeniosa.

En la Antología Palatina pueden encontrarse la mayoría de los epigramas griegos, acoge en quince libros los que fueron escritos entre el período clásico y el bizantino, todos ellos poemas de dos a ocho versos, que van desde los epitafios hasta los satíricos y los eróticos. En cuanto a los romanos, los epigramistas más destacados fueron Catulo y Cayo Valerio Marcial. Aquí un ejemplo típico del ingenio de éste último:

Vélox, criticas mis epigramas.
Te parecen largos.
Los tuyos son brevísimos:
no escribes nada.

Robortello consideraba el epigrama como una fracción de los grandes géneros, Tragedia, Comedia, Epopeya y Ditirámbica. Pero su concepción fue rechazada en tratados posteriores, en particular por Giulio Cesare Della Scala, conocido como Scaligero, médico, filósofo y poeta italiano del siglo XVI: Non est verum Epigramma esse maioris Poematis partem. En el libro séptimo de su poética, no sólo reflexionaba sobre el concepto del epigrama sino que estableció dos de sus cualidades esenciales: brevitas et argutia (brevedad y argucia).

En nuestra lengua se difundió su uso en el siglo XVII, como una expresión del ingenio en la literatura barroca española. Baltasar Gracián y León de Arroyal se ocuparon no sólo de escribir y antologar epigramas sino también de anotar algunas de sus definiciones genéricas más conocidas. Ya en el siglo pasado, en la década de los cuarenta. Federico Sáinz de Robles publicó una antología de epigramas, que incluía algunos de los autores más reconocidos en español, como Tirso de Molina, Góngora y Quevedo, hasta los casi contemporáneos del autor, como Gómez de la Serna.

En 1782, Goethe afirmaba en una carta: "He hecho mío el gusto por las inscripciones -epigramas- y pronto comenzaran las piedras a hablar." En los años siguientes cultivó la poesía epigramática que en su mayor parte quedó reunida en los Epigramas Venecianos y las Xenias, las cuales escribió junto con Friedrich Schiller a finales de 1796. Fueron concebidas en un principio como una declaración de guerra contra el vulgo. De entre la copiosa producción que es posible encontrar en ambos volúmenes, rescato este epigrama por su carácter romántico -después de todo, es Goethe-:

Sólo una cosa jamás me perdono: haber pretendido
Musa divina, buscar, algo más alto que tú.

Y este otro:

Frutos al hombre presenta la vida, mas raro es que pendan
rojos y alegres del árbol, cual tentadora manzana.

En cuanto a Schiller:

Los lobos críticos
Cuando el olor los atraiga, viandante, y te aúllen hambrientos,
no tienes más que encender fuego: al punto huirán.

Conforme evolucionó, el epigrama logró arraigarse en diversas culturas y así, tanto Voltaire como Oscar Wilde, lo acostumbraron. Ambos con esa vena irónica que siempre los caracterizó. El primero es de Voltaire:

Héroes de la Física, nuevos argonautas
que franquearon montañas, que atravesaron océanos
han encontrado en lugares llenos de dificultades
lo que Newton sabía sin salir de casa.

Y ahora uno de Wilde:

Los hombres siempre quieren ser al primer amor de una mujer.
En eso radica su torpe vanidad.
Las mujeres tienen un instinto más sutil para las cosas:
prefieren ser el último amor de un hombre.

Si bien hay quienes lo emparentan con el haikú japonés, los epigramas no requieren de manera estricta se tercetos. Algunos poetas, como serían los casos de Juan José Tablada y Mario Benedetti, por citar sólo algunos, prefirieron la camisa de fuerza silábica que impone el haikú. El epigrama, por su origen helénico, en donde abreva toda la cultura occidental, resulta más apropiado para un idioma con raíces grecolatinas.

Entre los autores en español que escribieron epigramas se cuentan Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. El siguiente es uno que el primero le dedicó:

Porque les dará alegría
y porque les interesa,
les diré que cualquier día,
después del Canto a Teresa,
morirá de Hidropoesía.

Fue muy famoso el epigrama que Salvador Novo -de quien se dice era implacable con sus enemigos-, escribió con motivo de una ácida crítica que Luis Spota había titulado La culta dama, igual que la propia obra teatral de aquél:

Este grafococo tierno
Tiene por signo fatal
En el apellido paterno
La profesión maternal.

Carlos Monsiváis solía decir que los epigramas de Novo eran letales como "pelotones de fusilamiento", mientras que Octavio Paz le reprochaba que los hubiera escrito "con caca y sangre". Por cierto, lo de grafococo es un neologismo acuñado por Novo, de acuerdo con su etimología vendría siendo una bacteria literaria.

Todo lo contrario a la elegancia de José Martí, quien es autor de un octeto muy conocido:

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo
cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.

En los años sesenta y setenta, se volvieron muy populares los epigramas amorosos del nicaragüense Ernesto Cardenal:

Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido:
yo, porque tú eras lo que yo más amaba,
y tú, porque porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti,
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Después de haber establecido lo anterior a manera de una declaración de principios, me considero con la libertad de compartir con algún lector mis propios epigramas.

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a Monos como críticos de arte, de Gabriel Cornelius Ritter von Max.

(La traducción del alemán de los epigramas de Goethe y Schiller, es de Martín Zubiría).

La Universidad de Oviedo publicó en Archivum,
revista de la Facultad de Filología, un ensayo de Marcos Ruiz Sánchez sobre la
Teoría de la bipartición del epigrama desde Saligero hasta nuestros días.

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